El temporalismo extractivo
Gil Manuel Hernández i Martí
Durante más de dos siglos, el capitalismo consiguió legitimarse no solo por su extraordinaria capacidad para producir abundancia material, impulsar innovaciones tecnológicas e incrementar de forma sostenida la productividad —siempre, eso sí, en un marco de desigualdad estructural—, sino, sobre todo, porque supo construir una poderosa experiencia colectiva del tiempo. Hasta el punto de que, además un sistema económico, fue una determinada manera de habitar anticipadamente el futuro. Su verdadera fuerza residía en la convicción, ampliamente compartida, de que el mañana sería necesariamente mejor que el presente. Incluso quienes padecían las injusticias más profundas podían seguir albergandola esperanza de que sus hijos vivirían mejor, que las generaciones futuras disfrutarían de mayores cotas de bienestar o que el progreso científico acabaría resolviendo los grandes problemas de la humanidad. El capitalismo no solo organizaba la producción de mercancías; organizaba también la imaginación histórica. Fabricaba un futuro deseable y próspero, aunque se tratara de un siniestro espejismo. Esta dimensión de proyección temporal resulta esencial para comprender la profunda mutación que está experimentando el sistema en las primeras décadas del siglo XXI. Porque lo que parece estar entrando en crisis no es únicamente un determinado modelo económico, energético o geopolítico. Lo que comienza a resquebrajarse es el propio imaginario temporal que durante doscientos años sostuvo la legitimidad del proyecto moderno, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Pero ahora, por primera vez desde la Revolución Industrial, el futuro deja de aparecer como el lugar donde se proyectan las ilusiones colectivas para convertirse progresivamente en el espacio oscuro donde se acumulan todas las frustraciones existenciales y las amenazas imaginables.
Pulsa aquí o en la foto para bajar el archivo pdf |